jueves, 19 de enero de 2017

La chica del tren



La chica del tren
Paula Hawkins


Leer. Uno de esos felices placeres que tenemos algunos imbéciles.
Acabo de engullirme el libro con que titulo esta entrada. Algunos creerán que ahora me las estoy dando de crítica literaria o de esos bloggers que recomiendan lecturas. No. Aunque... no es tan mala idea. Simplemente, amé el libro desde el primer párrafo. Amé a su protagonista. Lloré. Lloré con su desgracia, con su fragilidad, con sus dudas, con su culpa, con su obesidad, con su imperfección... adoré/odié esa debilidad de carácter, su sometimiento, ese amor enfermizo. Era yo, en algún momento de mi existencia. Rachel Watson, era muchas mujeres que oprimen esa blandura y se las dan de malas, de rudas, de dominantes... de farsantes.
No les haré una reseña. Léanlo, si así lo desean. Léanlo, y disfruten ver imágenes de sus propios dolores y reticencias en letras de otro. Yo, les contaré lo que sentí con este libro.
Hubieron párrafos que los tuve que leer dos, tres, cuatro veces. Con dolor, con desequilibrio, con angustia. Rachel es la chica de nuestro tren. Yo era ella. Yo hago lo que ella hace. Yo amo los trenes. Adoro leer en el metro, lo más parecido que tenemos en mi país (y muchos) para trasladarnos en la ciudad. Con calor, sudor, olores nauseabundos. No me importa. No se imaginan cuántos escritos han nacido en las estaciones del metro/tren. Cuantos textos fecundaron en medio de mis desesperaciones, entre lágrimas, con aflicción en un vagón del metro o tirada sobre una baldosa de una perdida estación de metro.
Sentada o de pie, observo a la gente y me invento vidas. Sus vidas. Les invento una historia, los observo, añado tildes y comas, espacios y recovecos a sus biografías reales. Me gusta pensar que ese feo lunar en la nariz, pudo volver loco a su actual esposo y enamorarlo. Me agrada imaginar que esa belleza esconde una tristeza enorme o que esa fealdad oculta una bondad infinita. Que alguien que despierta mi afabilidad, puede ser un asesino.
Rachel Watson, ve algo. Una imagen que se pierde en esa desesperante depresión que la devora por dentro, por fuera, a su alrededor. La consume en la desesperanza. Y se refugia en el alcohol, ese néctar al que todos recurrimos en la soledad. Esa bebida que mata al frustración y nos pierde un rato de nuestras patéticas existencias. No somos. No sabemos qué somos. Estamos sumergidos en la nada. Libres de nosotros mismos y lo asqueroso que nos sentimos. Sucios y malditos. Llorones, sufridos, sombríos, detestables. Rachel fue mi espejo por largos párrafos. Amó y no fue capaz de odiar, solo temer lo que escondía su propio vacío interior. 
Rachel sintió en su piel lo que el amor dañino causa, ese amor que nace de nuestro interior más sano, ese amor que nos llena flaquezas y nos hace sucumbir, perdernos, abandonarnos. 
Las mujeres que viven en "La chica del tren", fueron vistas por Paula Hawkins. Quizás ella misma fue alguna de ellas. Quizás tuvo amigas, conocidas, cercanas con esas similitudes. Quizás envidió a muchas, deseo lo de otras. Quizás... quizás Paula Hawkins... me vio cayendo perdida en mi borrachera por unas escaleras del metro... o quizás, solo me vio mientras lloraba por ese hombre que me humilló, me mutiló por dentro y al cual aún seguía amando en mi alienación... ese hombre que me dejó sola, que me abandonó... 
¿Lo leíste? 
¿Lo leerás? 
¿Les gustaría que les contara lo que otros libros me han causado?
Comenta, si se te da la gana!

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